El comportamiento del consumidor argentino en febrero de 2025 refleja una adaptación racional a la realidad económica: el auge definitivo de las “marcas B” y las marcas propias de los supermercados. Ante la dispersión de precios y la necesidad de optimizar el presupuesto mensual, las familias han dejado de lado la lealtad a las etiquetas tradicionales para priorizar la relación precio-calidad. Este fenómeno ha permitido que pymes nacionales, que antes tenían dificultades para acceder a las góndolas, hoy ocupen espacios preferenciales y registren aumentos en sus ventas de hasta un 40% en rubros críticos como lácteos, limpieza y productos secos. Los supermercados han potenciado sus propias líneas blancas, que ofrecen una calidad comparable a las líderes con precios hasta un 30% menores. Expertos en consumo señalan que este cambio de hábito no es temporal; el consumidor ha descubierto que muchas segundas marcas cumplen con sus expectativas, lo que dificulta el regreso a las primeras líneas incluso cuando el poder adquisitivo se recupera. Las grandes multinacionales han tenido que reaccionar con promociones agresivas y relanzamiento de envases más pequeños para no perder participación de mercado. El “smart shopping” (compra inteligente) se ha vuelto la norma: comparación de precios por unidad de medida, uso intensivo de billeteras virtuales con descuentos y la elección de días de oferta específicos. Esta dinámica está reconfigurando la industria alimenticia, obligando a una mayor eficiencia en los costos de producción y logística. El mercado argentino hoy es más competitivo y menos dependiente del marketing aspiracional, centrándose en el valor real que el producto entrega al cliente en un contexto de bolsillos ajustados.